Hay noches que observo desde mi balcón el cielo
y en mi mente se siembra un sinfín de curiosidades del cosmos.
Sobre todo en esas noches en que el firmamento no parece un paisaje,
sino una pregunta antigua que vuelve a formularse.
Quizá este rincón nació en una de esas noches.
No como un proyecto, sino como una necesidad de mirar más despacio.
No siempre sabemos qué buscamos cuando alzamos la vista.
A veces, una estrella.
Otras, una sensación difícil de nombrar:
la certeza de que ese brillo existía antes de nosotros
y seguirá ahí cuando ya no estemos.
Curiosidades del Cosmos habita ese instante suspendido.
No el de la respuesta, sino el de la intuición.
Ese momento en que el universo deja de ser inmenso
y se vuelve íntimo.
Aquí no hay prisa por entender.
La luz tarda millones de años en llegar
y nadie la apremia.
Los cuerpos celestes giran, colisionan, desaparecen,
sin necesidad de ser observados.
Nosotros solo nos acercamos —con cuidado—
a escuchar lo que aún resuena.
El cosmos no habla con fórmulas,
sino con señales dispersas:
polvo que antaño fue estrella,
silencios que pesan más que las palabras,
movimientos tan lentos que parecen eternos.
Hay ciencia.
Pero también memoria, metáfora y asombro.
Este no es un lugar para dominar el cielo,
sino para convivir con los misterios del universo.
Para aceptar que algunas preguntas
no están hechas para resolverse,
sino para acompañarnos.
Y si alguna vez, bajo un cielo oscuro,
sentiste que el universo no estaba lejos,
sino respirando a tu alrededor,
quizá ya formabas parte de este rincón.