Abro el cajón sin mirar.
Siempre es el mismo gesto.
Busco una cuchara para remover el té, nada más.
El agua aún humea cuando la saco. Fría al principio. Familiar.
La apoyo en la taza y el sonido metálico es breve, casi íntimo. Un tintineo que podría haber ocurrido ayer… o hace siglos.
Y entonces pienso en cuántas manos habrán hecho este mismo gesto.
No esta cuchara, claro. Pero sí el acto.
Manos que tallaron cucharas en madera o marfil, adornándolas con símbolos que hablaban de dioses y de eternidad. Manos que alargaron mangos en tierras de Mesopotamia o Siria. Otras que, en la China antigua, las fabricaron en hueso porque eso era lo que había.
Cada cultura resolvió el mismo problema con los materiales que tenía a mano. La necesidad era universal.
Imagino a los romanos afinando el ingenio: una cuchara con el mango terminado en punta, capaz de llevar comida a la boca y abrir un molusco en el mismo gesto. Aún no existía el tenedor, pero la cuchara ya parecía intuir que podía hacer más de una cosa.
Vuelvo a mi cocina.
Al vapor que se eleva despacio.
Al círculo lento que traza la cuchara al remover.
Antes fue caldo. Después sopa. A veces medicina.
Sirvió para no derramar cuando la comida escaseaba, para esperar a que algo se enfriara, para cuidar.
La cuchara no nació para lucirse.
Nació para recoger.
Ahora descansa entre mis dedos un instante más de lo necesario.
No por nostalgia, sino porque de pronto entiendo que no estoy sola en este gesto.
Remover. Esperar. Beber despacio.
Algunas cosas no cambian.
Tal vez la civilización empezó el día en que alguien decidió no perder ni una gota.
O quizá el día en que alguien, como yo ahora, se detuvo un segundo…
antes de dar el primer sorbo.